Exorcizando mis demonios

Carta para Valentina

El 31 de mayo 2026 fue un día decepcionante y también muy solitario para mí. Afuera del apartamento había alborozo, alegría por el triunfo, pero en mi casa también sucedía lo mismo. Me sentí solo en mi derrota.

Con calma entendí que mi decepción, no venía de haber perdido mi candidato, pues mucho antes de los resultados ya sabía que eso sucedería. Era porque había triunfado el lenguaje grotesco, altisonante, violento, ese que se impregna de rabia y odio contra el que piensa diferente. Salía derrotada la moderación y la consideración por el otro.

También identifiqué porqué me sentía solo. Porque pienso diferente a como piensa mi familia, y mi entorno social y laboral. Siento un apretón en el pecho cuando insultan, ridiculizan, amenazan a quien piensa como yo.

Cuando me refiero a mi pensamiento, me refiero a mis creencias, tanto religiosas como políticas. Lo del 31 de mayo no fue por mis descreencias religiosas. Es por mis creencias políticas que han estado en transformación a medida que vivo y leo; son consecuencia de mi experiencia y de mi refugio en los libros, en especial sobre la historia política y social de Colombia.

Priorizo la equidad sobre la acumulación de riqueza.

Creo que la intervención del estado es necesaria en sectores claves para el bienestar social.

Creo en la educación pública como un factor de movilidad.

Creo en la necesidad de reformas estructurales para redistribuir la riqueza.

Creo que la violencia no es un hecho paralelo y externo al sistema político, es parte del sistema político y por eso creo en los procesos de paz.

Soy de ideas de izquierda y eso me hace un bicho raro en el edificio donde vivimos, en el colegio donde estudia mi hija, en el sector de empresarios donde me desenvuelvo. Se requiere paciencia, moderación y argumentos para no ser excluido en esos espacios.

Mientras tanto, me refugio en el seno de mi familia, con la esperanza de que lean esta carta, que la lea mi hija, que la lea mi esposa, y con la certeza de que me brindarán un espacio seguro para pensar distinto.

Dios y Fe

Es un asunto que he querido abordar hace tiempo y que tiene una alta sensibilidad tratarlo con la familia y con los amigos.

Acompañamos todas las noches a mi hija para acostarse. Sentados en la cama, nos persignamos y mi esposa recita una seguidilla de oraciones que aprendió. Mi hija la sigue en ello sin mucha energía pero con respeto. Yo permanezco en silencio, acompañando y respetando ese momento. La parte final de ese rito es la que me parece más genuina, pues se agradece a ese ser supremo por la comida, la salud, la vivienda y la paz.

Mi hija me pregunta en ocasiones: Papá, ¿Dios existe? Mi respuesta se demora y es ambigua. Deseo no dañarle esa ilusión de su existencia. Negar la existencia de Dios provocaría en ella una reacción en cadena de preguntas y respuestas que considero es muy temprano para abordar. Afirmarla cuando yo no tengo esa certeza, es algo que ella percibe fácilmente.

Mis padres y mis hermanos son de creencias religiosas muy fuertes. Rezan todos los días el rosario y asisten a misa dominical sin falta. Plantear dudas sobre la existencia de Dios con mi familia paterna es un ejercicio arriesgado y con mucha tensión. Normalmente se finaliza la conversación con una advertencia: «cuando se encuentre en una situación dificil lo veré rogando a Dios».

Hay noches en que me sorprendo, pensando en mis creencias y como han cambiado. Recuerdo que en mi adolescencia asistí a muchas de las misas dominicales empujado más por el temor a Dios y por la inercia de la costumbre. Pero también es cierto que en momentos díficiles pedí por la salud de mi padre con mucha devoción, y ese Dios me cumplió. ¡Es una contradicción, me dirás! Pues si, pero hoy la resuelvo así: no tengo certeza de la existencia de Dios, pero tengo certeza del poder de la fé.

No creo en ese Dios que inspira miedo. No creo en ese Dios que nos amenaza si lo cuestionamos. No creo en un Dios único, creador del universo como lo profesa la religión católica. No creo en ese Dios que requiere plegarias para adorarlo. No creo en ese Dios que promete una vida después de la muerte.

El hombre ha creado a Dios porque lo necesita. No lo encontramos afuera, el está adentro. Somos muy vulnerables y necesitamos de esa fuerza interior que creemos viene de afuera. ¡Yo también la necesito!

Que Dios me permita estar vivo y con la suficiente lucidez, para que podamos tener esa conversación pendiente con mi hija: Papá, ¿Dios existe?

Alejando monstruos y demonios

Valentina tiene 10 años y aún siente miedo por cosas normales para los adultos. ¡Papá!, tengo miedo por el eclipse. ¡Papá!, me asustan los truenos. Ella aún sale corriendo a la cama cuando apaga la luz y todo queda oscuro.

Mi manera de ayudarla, es convencerla de que existe una explicación, que se puede entender como suceden esas cosas. En mi concepto el conocimiento aleja monstruos y demonios.

Explicar un fenómeno físico en la era del internet y las redes, es acudir a vídeos explicativos. Lo más fácil no necesariamente es lo más virtuoso. Quiero apagar monstruos y demonios fomentando en ella un principio: tratar de comprender antes que satanizar.

Para este eclipse -14 de octubre 2023- lo intenté. Me propuse elaborar un modelo a escala para que ella tuviera una comprensión más experimental del suceso. Para elaborarlo se debe tener idea de los tamaños y las distancias reales de los cuerpos celestes. ¡Me tocó investigar!

Descubrimos que si el sol fuera una pelota de pilates, la tierra tendría el tamaño de un caramelo de M&M y la luna el tamaño de un grano de mostaza.

– ¡Papá!, ¿somos tan pequeños….?

– Si hija, somos insignificantes en la vastedad del universo.

Ya teníamos la pelota de pilates, el caramelo de M&M y el grano de mostaza; ahora a separarlos con sus debidas distancias. ¡Espera!, debo hacer otro cálculo, le dije.

– ¡Papá!, ¿otra vez con la matemática aburrida?

– Si hija, la necesitarás mucho en tu vida. Ojalá la aprendas con la gracia y el misterio que tienen.

Ambos nos sorprendimos. No era suficiente el largo del apartamento, tampoco el largo del edificio. Solo una cancha de fútbol como la del estadio nos serviría para ubicar nuestros astros en sus proporciones.

– ¡Uy papá!, en el estadio, es demasiado grande.

– Si hija, el sol está muy distante y el universo es inmenso.

¡Hasta aquí llegamos en nuestro experimento! Una cosa es imaginarlo y otra cosa es hacerlo.

¿Fracasamos en el experimento? Creo que no. Si bien no lo terminamos, o se puede pensar que lo abandonamos, fue fascinante dejar en mi hija, paso a paso, enseñanzas para su vida. No quiero que le pase lo que a mí: esperar a ser viejo para aprender de esas cosas que me hacen cada vez más libre.

Quiero ayudarla a descubrir verdades por sus propios medios, a través de experimentos. Quiero que aprenda matemáticas a partir de problemas no solo de teorías. Quiero inculcarle el gusto por los oficios manuales. Quiero contarle historias de la ciencia. Quiero una mejor educación para ella, sin diablos escondidos o infiernos amenazantes.