Es un asunto que he querido abordar hace tiempo y que tiene una alta sensibilidad tratarlo con la familia y con los amigos.
Acompañamos todas las noches a mi hija para acostarse. Sentados en la cama, nos persignamos y mi esposa recita una seguidilla de oraciones que aprendió. Mi hija la sigue en ello sin mucha energía pero con respeto. Yo permanezco en silencio, acompañando y respetando ese momento. La parte final de ese rito es la que me parece más genuina, pues se agradece a ese ser supremo por la comida, la salud, la vivienda y la paz.
Mi hija me pregunta en ocasiones: Papá, ¿Dios existe? Mi respuesta se demora y es ambigua. Deseo no dañarle esa ilusión de su existencia. Negar la existencia de Dios provocaría en ella una reacción en cadena de preguntas y respuestas que considero es muy temprano para abordar. Afirmarla cuando yo no tengo esa certeza, es algo que ella percibe fácilmente.
Mis padres y mis hermanos son de creencias religiosas muy fuertes. Rezan todos los días el rosario y asisten a misa dominical sin falta. Plantear dudas sobre la existencia de Dios con mi familia paterna es un ejercicio arriesgado y con mucha tensión. Normalmente se finaliza la conversación con una advertencia: «cuando se encuentre en una situación dificil lo veré rogando a Dios».
Hay noches en que me sorprendo, pensando en mis creencias y como han cambiado. Recuerdo que en mi adolescencia asistí a muchas de las misas dominicales empujado más por el temor a Dios y por la inercia de la costumbre. Pero también es cierto que en momentos díficiles pedí por la salud de mi padre con mucha devoción, y ese Dios me cumplió. ¡Es una contradicción, me dirás! Pues si, pero hoy la resuelvo así: no tengo certeza de la existencia de Dios, pero tengo certeza del poder de la fé.
No creo en ese Dios que inspira miedo. No creo en ese Dios que nos amenaza si lo cuestionamos. No creo en un Dios único, creador del universo como lo profesa la religión católica. No creo en ese Dios que requiere plegarias para adorarlo. No creo en ese Dios que promete una vida después de la muerte.
El hombre ha creado a Dios porque lo necesita. No lo encontramos afuera, el está adentro. Somos muy vulnerables y necesitamos de esa fuerza interior que creemos viene de afuera. ¡Yo también la necesito!
Que Dios me permita estar vivo y con la suficiente lucidez, para que podamos tener esa conversación pendiente con mi hija: Papá, ¿Dios existe?

